LA TEXTURA DE LO AUDIBLE

Una noche o su día (no sabemos) en Creta (Grecia) la isla del laberinto del minotauro, un día o su noche, sobre los pies del Monte Ida, el dios Zeus, nacido en otro Monte de la isla, el Dicteo (De allí denominado Zeus Dicteón Ideón) nacido en el Dicteo, criado en el Ida, trasladado de uno a otro, cambiado de lugar, diseñando un mapa de natalidad y crianza, llevado por argumentos protectivos. Cronos (El Tiempo) padre de Zeus, portaba en su audición, en la manía de lo audible, por haber escuchado que alguno de sus hijos se levantaría contra él, se los tragaba. Los agarraba trababa con ambas manos, todos los dedos girados hacia dentro, tomados los niños en el agarre, cada vez que su esposa paría, cada vez una nueva vez lo mismo, manos dedos brazos levantando y a la gruta de la boca. Cada dios nacido dios tragado. Pero Rea, madre de Zeus, madre táctica tacticiente, piensa, realza su pensar, su pensar que es una fiesta, se enamora de su elaboración, sus ideas de lo evitable, evitar que su esposo devore su hijo, mastique su descendencia. Prepara el engaño, los detalles, lo concluye, una piedra envuelta en pañales, la artimaña, que funciona, que en su accionar promueve una piedra por niño comida, el pequeño se salva, un dios fue definido en resguardo. Pero. El niño llora, Zeus llueve, llora, un padre podría escucharlo, su padre podría leer con los oídos el engaño, claro, hay que cuidarlo, criarlo, silenciando su llanto, sí, es necesaria una escena, urgencia conformar un lugar, lugarizarlo, un par de ninfas ayudan y una cabra amamanta, niño cuidado, en los Dedos del Ida, del Monte Ida, una falta, una corona de faltantes, falta plegar a la ausencia de sonido, la audibilidad que obstruya el oído de Cronos, el oído del Tiempo.

Unos custodios, de lo naciente, del presente de lo naciente, de la presentación de la presencia presente, de lo nacido, un grupo que protege, que teje el sonido para que Cronos no escuche, en los dedos del Monte, tenían que ser dedos, un cartel en un disco, tiene escrito su nombre: Dáctilos del Ida (Dedos del Ida) Eran cinco jóvenes y cinco jóvenas, eran diez. Ellos cuidaban al dios, tenían que tapar un llanto, el quebranto de agua-ojos de uno que no se puede defender. Zeus y su lloramiento, Dáctilos y su tapa lloramiento, los sonificadores, entienden el tapar llantos como una guerra, usan sus escudos, los chocan, de a dos, de a tres, musicalizan en medio de la guerra, con instrumentos de guerra, articulan el aire, golpes certeros escudos sobre escudos, palos sobre cascos, los metales golpeados hacen flamear la intensidad, la ponen por encima, la enciman hacia las orejas del padre descarnado, el vendaval de la dedificación, los dedos que tocan, pianos o cascos, guitarras o escudos da igual, digitadores del encubrimiento, resignificando lo Digital.

Entonces, con la visceración de las delicadezas, para proteger lo que se debe proteger, trae una mitología (La griega) hacia otra mitología (La urbana de Buenos Aires) y crea una tercera, la suya (La Digital) donde inserta puestas de situaciones, acciones de las habitualidades enamorales, encubiertas en canciones, en entramados vocálicos y ritmos, sí, cosas que nos pasan, cosidades, cocinas de las alegrías y los dolores, ese todos los putos días corporizados, “No te veo como ayer” “Bajo la lengua eso que sabes” “Aferrarnos al tren que no va a salir” ”La música es dios” Aloras-Dáctilo, incita a la dedación y la hace delirar, desvirtualizando, digitando su digitaladro, su digitoimaginería, un manojo de temas, de temáticas, una pequeña cosa que cuidar, sencillas, tan simples que terminan siendo complicadísimas, en esas Aloras-palabras, cuerpos de letras y subletras, se esconden no meras canciones, se encubren los recortes verbales de Nietszche, las deseaciones cantánticas del viejo Dylan y, como experimento, el Artaud Spinetteano (cuida bien al niño) Rosario, además de estar cerca, tan cerca que nos aplasta, nos invoca en la escritura de Digital, hacer con el aplastamiento un cuerpo, un cuerpo sonoro, un cuerpo con vestidos mitomáticos, un cuerpo donde se pasea la grecidad; es decir, un cuerpo cuida reliquias que intuye lo apolíneo y suprema lo dionisíaco, cuerpo del dibujo y la literatura, cuerpo de las danzas bucólicas y el decir enmaderado de las esculturas, sí, Aloras-Dáctilo, señor de los dedos, rasga sexos y canta vínculos y desvínculos, apoya diez dedos sobre el piso del escenario y en la milésima previa a la iniciación ritual de su maquinaria cancionática cubre sueños, alimenta lo real en el arbusto de su cotidianidad mixtural para traer los vientos dedos, los vientos raros, en manos de su habilidad.

POR GUSTAVO FREIBERG
ROSARIO ABRIL DE 2016